Ahí vienen en procesión los escribientes
con sus grandes preceptos morales
y su dignidad nacida en los matorrales;
construyendo soliloquios divergentes.
Allí están los sublimes de la rima
construyendo guiones de cristales
y brindando por sus obras trascendentales;
se desploman mientras llegan a la cima.
Ahí llegan los vetustos de la prosa
componiendo a su honor arrogantes letanías
y brillando con fingidas hidalguías;
hacen del plagio una finta decorosa.
Y no faltan los poderosos periodistas;
con su tinta cargada de verdades;
titulando el vacío con necias vaguedades;
y proclamando silogismos amarillistas.
Y no nos olvidemos de los grandes: los cuentistas
reciclando gravemente leyendas ancestrales;
van trepando en los estratos sociales;
impartiendo incipientes talleres onanistas.
Y aquí vienen al fin los escritores;
los magnánimos con "peso en los mercados";
nutridos de redactores fantasmas contratados;
y declamando su vicio a los editores.
Imagen:
"Young Man Writing", de Jean-Louis Ernest Meissonier (1852 - Dominio público)

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